“Odia las drogas, pero duerme con Lorazepam”

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Escribe Francisco Gómez (*)

–  ¿Qué tomás por día?

–  Para la acidez, Buscapina. Para el dolor muscular, un Ibupirac. Para la presión, Benazepril. Para la digestión, Miopropan de 200. Para dormir, un Rivotril. A veces, un antidepresivo.

Alejandra tiene cincuenta y seis años, es estudiante de Sociología y se automedica cinco de los seis remedios que consume. Reiteradas veces se pierde en la charla y pregunta, con gentileza, qué se dijo.

Según un estudio de la Universidad Maimónides y el Instituto Argentino de Atención Farmacéutico, tres de cada cuatro argentinos se automedican, y 22.700 mueren por año debido a este mal hábito.

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El reloj marca las 12.25. En la modesta cocina del departamento ubicado en el centro de La Plata, Alejandra corta papas, mientras espía por el vidrio del horno, que la tapa de nalga se termine de cocer. Pone la mesa. Y almuerza.

Al finalizar, de forma automática, saca de una cajita celeste, una tableta con diez pastillas de Miopropan y toma una.

Cuando termina de secar el último plato, elige dormir la siesta, para luego estudiar. Está preparando un final y según ella, va atrasada.

Con los pies tapados, acomoda la aguja del despertador. “No tomo Rivotril de día porque no me levanto más. Además, me cae mal”, explica. Apoya la cabeza en la almohada y se da media vuelta.                                             221r

La tranquera carcomida por la humedad. Las ventanas de madera calientan el interior. En el patio, la tierra rajada y dura. Una vaca flaca intenta liberarse de una soga en su cuello. En ese lugar se crió Alejandra con sus ocho hermanos. A pocos kilómetros se encuentra la Quebrada de Humauaca. “Es mi lugar en el mundo”, asegura ella.

Aunque le cuesta hablar sobre su infancia, recuerda cuando tuvo varicela. Los permanentes dolores de cabeza, acompañados por fiebre y un fuerte cansancio, no eran síntomas de alerta para los padres que usaban medicina natural para aliviar. “Me ponían maicena, miel, aceite sobre las ronchas”, recuerda mientras baja la mirada. Para su familia, los hospitales y los antibióticos, eran los causantes de las peores enfermedades, destructores de la Pachamama.

Dosis mediática

El televisor sobre una mesita portátil, entretiene a Alejandra, que abandona hace unos minutos la lectura. Afuera el sol brilla. En la cocina del departamento, un ventilador de mesa Caver refresca el ambiente. Son las 18.47 y en Canal 13 está “A todo o nada”.

El conductor del programa, Guido Kaczka, con una sonrisa amplia y un tono de intimidad, asegura que tomar un desinflamatorio por día, lo ayuda a superar los dolores musculares que le produce la rutina.  Alejandra, con una sonrisita, se muerde el labio inferior.

–   Lo probé. El Actrón es mejor.

Son las 18.58 y en el canal comienza el espacio publicitario. Después de mostrar los avances de la novela, una publicidad sugiere un producto medicinal para la acidez, luego de un almuerzo pesado. Consumidores Argentinos afirma en un informe que “las publicidades de antiácidos invitan a comer sin límites y no mencionan las consecuencias de una mala alimentación”.

La Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT) reconoce que las publicidades se controlan luego de ser emitidas. Además, un trabajo realizado por el organismo público revela que una de cada diez publicidades que salen por televisión, referidas a medicamentos, presenta objeciones; casi siempre por exagerar los resultados del producto o prometer beneficios inmediatos. En el mismo sentido, es necesario saber que la industria farmacéutica es la tercera con mayores ingresos, detrás de la alimenticia y la indumentaria.

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Provisiones

La alfombra lila que componen los jacarandas en diagonal 73 guían a Alejandra, que camina unas quince cuadras para llegar a su farmacia de confianza. “Antes vivía por acá y me acostumbré a venir”, asegura mientras lucha contra la inestabilidad de sus zapatos.

El llamador de la puerta alerta su ingreso, y su sonrisa desdentada busca del otro lado del mostrador una respuesta cómplice. La encuentra. La farmacéutica de turno deja el inventario y la saluda con afabilidad.

Luego de varios minutos, compra un sinfín de cajitas de distintos tamaños y efectos, aunque de su cartera sólo saca una receta. Si bien la ley establece que los psicotrópicos -entre otras drogas- deben venderse con indicación médica, según un informe de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico –Sedronar- “gran parte del consumo se resuelve sin prescripción y otra gran parte se da en el marco de una relación insuficiente con el profesional”.

Así lo refuerza Lucía, que hace cinco años es farmacéutica recibida en la Universidad Nacional de La Plata. En su experiencia, ha notado un aumento considerable de los clientes que van en busca de algún remedio o recomendación, para superar dolores físicos de distinta índole. Aclara que muchas veces, los dolores tienen un inicio emocional, por lo que tiene una responsabilidad enorme en sus horas de trabajo.

La cura sin cura

Antes de cenar, Alejandra toma medio ibuprofeno para aliviar una contractura en el cuello. Es la tercer pastilla que toma en veinticuatro horas. Al enterarse de que en Argentina, 100.000 personas son internadas por mal uso de medicamentos en un año, se ríe. Entiende que jamás va a ser partícipe de esa cifra.

Según señala un informe del Sindicato Argentino de Farmacéuticos y Bioquímicos –Safyb- el diez por ciento de los pacientes hospitalizados sufre reacciones adversas a medicamentos. “Se usan mal, o se abusa de los medicamentos. Todo esto deriva en las consecuencias que observamos. Pero el foco o la atención sólo aparece cuando hay problemas con los precios.”, afirman desde el sindicato.

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Imagen ilustrativa. Extraída: www.losandes.com.ar

El cartel rojo con la leyenda “Guardia” introduce a la sala de emergencias. El tumulto se mueve incesantemente. Algunos permanecen sentados en sillas de plástico fino, ensambladas entre ellas y contra la pared. Otros improvisan una ruta de caminata por el pasillo. En cada paso, buscan una respuesta en la cerámica del suelo. El drama se contagia al instante del ingreso.

Maximiliano Salvioli, médico de la guardia del Hospital San Roque de Gonnet, afirma que recibe múltiples casos por intoxicaciones medicamentosas. “Son situaciones que se ven todas las semanas. Personas que consumen en cantidades medicamentos que tienen en la casa, ya sea por tratamientos indicados, fármacos que consume un familiar o medicamentos de venta libre”.

Salvioli cataloga a los analgésicos como el medicamento más utilizado, y advierte que los abusos de ibuprofenos o diclofenac  pueden generar graves consecuencias, que llevan a hemorragias digestivas, problemas renales, mal control de los pacientes con hipertensión.

Un tema preocupante son los antibióticos que si bien no son de venta libre se comercializan como tales sin tener una conciencia de las consecuencias. En este caso lo más grave es el aumento de resistencia antibiótica por parte de las bacterias que cuando son expuestas a antibióticos sin indicación precisa, generan resistencia con la imposibilidad de utilizarlos eficazmente cuando realmente se los necesite.

En la tranquilidad de la madrugada, irrumpe en la sala una camilla cargada, que a toda velocidad desaparece por una puerta vaivén blanca. Las convulsiones aumentan el nerviosismo general.

Adentro, los médicos siguen un protocolo diseñado para actuar en casos de intoxicación medicamentosa. Primero, se coloca al paciente una sonda nasogástrica –que va de la nariz al estómago- para realizar un lavado con agua destilada o solución fisiológica. De esa forma, se logra obtener las pastillas o trozos que no se absorbieron; luego se indican dos medicamentos que se llaman carbón activado y leche de magnesia, que por distintos mecanismos buscan disminuir la absorción del fármaco que no se pudo eliminar con la sonda. Además se indica una amplia hidratación endovenosa con solución fisiológica para favorecer la diuresis –que el paciente orine- y de este modo lograr la eliminación del fármaco -aunque no todos tienen metabolismo renal-. Por último se indica el ayuno.

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El alboroto estomacal como dicotomía a la tranquilidad callejera. Hace varias horas el bochinche cesó. Los árboles permanecen inmóviles. En la calle sólo hay botellas rotas y algún transeúnte que sale a disfrutar de la libertad laboral.

Alejandra da varias vueltas en la cama. Refunfuñando se pone de pie. Entra al baño, donde permanece cinco, seis minutos. Sale con un camisón gastado color rosa. Con tres horquillas intenta acomodarse el cabello. Tiene que estudiar.

Lee resúmenes que le prestaron. Con una pava y el mate sobre la mesa, empieza a repetir en voz alta una oración. Se fastidia porque no la puede retener. Deja de leer y prende la televisión.

Mientras mira la pantalla, escucha el fuerte ruido del teléfono. Sorprendida, se acerca al aparato y atiende. Es Mirtha, la vecina del quinto B. Si bien hablan poco, tienen una buena relación. Siempre comparten charlas de ascensor referidas a la situación del país y la inoperancia del portero.

Después de contarse los últimos chismes, la vecina le pide el número de su médico clínico. Tiene reiterados dolores debajo de sus costillas derechas. Alejandra omite su pedido y le pregunta si tuvo otro síntoma.

En nuestra sociedad, es común que aparezca la figura del médico-amigo. Este se limita a hacer la receta sin conocer la historia clínica del paciente. Recomienda y no piensa en los efectos posteriores.

Con la voz entrecortada, Mirtha especifica las sensaciones. Es interrumpida.

–    Ya sé que podés tomar. Vení para casa.

Son las 10.45 y la leche en el departamento de Alejandra se terminó hace varios días.

(*) Periodista de 221Radio